martes, 6 de diciembre de 2011

Por: Amaia Orozco

Educación en un Mundo en Crisis: Límites y Posibilidades frente a RIO + 20
Grupo de Trabajo de Educación
Segundo Módulo “RIO+20 como oportunidad de profundizar nuevos paradigmas”
Crisis civilizatoria desde la sostenibilidad de la vida
Amaia Orozco
España - Diciembre de 2011

Los mercados capitalistas no solo se han situado en el epicentro de nuestra estructura socioeconómica, sino que han colonizado nuestras expectativas vitales y nuestros proyectos políticos. Para liberarnos de esa fortísima influencia que nos sitúa en un terreno donde las personas y su bienestar no importamos, sugerimos otro ángulo de visión. Proponemos poner en el centro la sostenibilidad de la vida, los procesos de re-creación de vidas que merezcan la pena ser vividas. Esto significa preguntarnos al menos dos cosas: qué entendemos por vida que merezca la pena ser vivida; y cuáles son las estructuras socioeconómicas mediante las cuáles ponemos sus condiciones de posibilidad.
Desde antes del estallido financiero afirmábamos que estábamos viviendo una crisis multidimensional y sistémica, que abarcaba una crisis ecológica (global); una crisis de reproducción social (que afectaba al conjunto de expectativas de reproducción material y emocional de las personas en el Sur global); y una crisis de los cuidados (que afectaba a una dimensión concreta de las expectativas de reproducción, los cuidados, en el Norte global). Esta crisis se agrava con la respuesta política al estallido financiero (que implica un ataque directo y durísimo a las condiciones de vida). Podemos, necesitamos reconocer que estamos viviendo una crisis civilizatoria, de un sistema que no es solo capitalista, sino también heteropatriarcal, antropocéntrico, e imperialista. Se trata de una crisis que atraviesa el conjunto de las estructuras (políticas, sociales, económicas, culturales, nacionales, etc.), pero también de las construcciones éticas y epistemológicas más básicas (la propia comprensión de “la vida”).
La vida se entiende en términos de un sueño loco y dañino de escisión entre la vida humana y la no humana (y de puesta del conjunto del planeta al servicio de la “civilización”), de autosuficiencia individualista mediante el consumo en el mercado. Esto se logra ocultando las “dependencias” en terrenos que no queremos ver, de manera clave, en los trabajos no remunerados. Y las estructuras priorizan el proceso de valorización de capital, garantizándolo mediante la puesta a su disposición del conjunto de la vida (humana y no humana). Es decir, convirtiendo la vida y sus necesidades en un medio para el fin de acumulación de capital, en el mejor de los casos (en el peor, la vida constituye un estorbo y lo más rentable es destruirla). Es un sistema que se asienta sobre un conflicto estructural e irresoluble entre el capital-vida, que con el proceso de financiarización y globalización neoliberal no ha hecho más que agudizarse.
Ante esta crisis, necesitamos ser capaces de pensar e intervenir simultáneamente en varios niveles. Entre ellos: Necesitamos un cuestionamiento ético, de los valores mismos que sostienen el sistema y que interpretan la vida (la humana y la no humana). Y necesitamos un cuestionamiento de las estructuras que organizan esa vida (esas vidas).
Esto implica romper con el estrabismo productivista de gran parte de la izquierda, que sigue atrapado en la “metáfora de la producción”, y que, frente a la perversidad del capitalismo financiero, apuesta por una vuelta a un “capitalismo productivo”, deificando todos sus elementos asociados: el crecimiento “económico”, el empleo, el salario, el consumo. Desde diversas ópticas se han hecho críticas profundas a la idea de “producción”. El ecologismo ha dejado claro que los sistemas socioeconómicos son subsistemas abiertos (extraen recursos y absorben energía, generan residuos y emiten energía degradada) que funcionan en un sistema cerrado, la biosfera (que no intercambia materiales con el exterior y muy poca energía).
Extraemos y transformamos, pero no producimos nada. La producción es una fantasía antropocéntrica, que tiene una única forma de mantenerse: crear un medio fantasma de acumular esa supuesta riqueza creada, el dinero. Desde el feminismo se afirma que el otro oculto de la producción es la reproducción, en un esquema epistemológico heteropatriarcal que está en la base de la explotación de la naturaleza y la opresión de las mujeres. La producción encarna valores de la masculinidad, y usa la naturaleza feminizada para construir civilización. Desde aquí, se produce una disociación entre el crecimiento, el progreso, entendidos como el objetivo civilizatorio, y el mero sostenimiento, condición que se supone debe superarse (trascender es lo plenamente humano y entra en contradicción con la inmanencia; la vida en sí no vale nada si no es par aponerla al servicio de un fin superior: el progreso, el crecimiento, la industrialización…). La cuestión no es solo visibilizar que, además de producir bienes y servicios, también se reproducen personas. Sino señalar que ambos procesos no están escindidos, que la producción solo nos importa en la medida en que reproduce vida. La reproducción, por tanto, es la lente desde la que mirar el conjunto, el eje trasversal. Dicho de otra forma: no hay contradicción entre el objetivo de “vivir bien” y la sostenibilidad. Se trata de sostener las condiciones que hacen posible vivir bien, no de vivir mejor (mejor que antes, mejor que otrxs).
La pregunta no puede ser cómo recuperar el crecimiento económico y la producción. La pregunta debemos reformularla: cómo reproducimos las condiciones de posibilidad para una vida que merezca la pena ser vivida, y de qué flujos materiales y energéticos disponemos realmente.
¿Qué es una vida que merece la pena ser vivida? Rompiendo con la idea de autosuficiencia, debemos reconocer nuestra inherente vulnerabilidad: la vida es precaria, por eso hay que cuidarla. Esto no es un problema, sino una potencia, porque nos permite sentirnos afectadxs por lo que les sucede a otrxs. Y porque la única forma de afrontar la vulnerabilidad es en la interacción. La interdependencia y la ecodependencia son condiciones inherentes a la vida. Desde ahí debemos abrir las preguntas: ¿cómo lograr niveles suficientes de autonomía en una realidad de interdependencia?, ¿cómo construir la interdependencia en términos de reciprocidad y no de asimetría?, ¿qué necesidades son las que convierten a la vida en una vida significativa? Estas necesidades deben definirse de manera colectiva (no es lo que individualmente consideramos necesario, sino lo que colectivamente nos responsabilizamos de garantizar), y debemos cualificarlas éticamente: cómo garantizar esas necesidades en términos de universalidad e igualdad (reconociendo a un tiempo la diversidad).
¿Con qué estructuras gestionamos la responsabilidad colectiva de poner las condiciones de posibilidad para ese “vivir bien”? A la hora de discutir esto tenemos que introducir en el debate todas las estructuras socioeconómicas posibles: la diversidad existente y las que podrían existir, saliendo del corsé que no ve más allá del mercado y estado: hogares (unidad económica básica y colchón de reajuste del sistema; poniendo en primer plano que las familias son instituciones muy poco democráticas), economía social y solidaria, formas comunitarias, autogestión, pequeña economía campesina, redes… Teniendo en mente esta diversidad, hay unas pocas cosas que tenemos claras: No queremos que se encarguen de poner las condiciones para la vida los mercados capitalistas, porque se asientan sobre el conflicto capital-vida, porque priorizarlos supone poner la vida siempre bajo amenaza. Tampoco queremos que sean los hogares, donde hasta ahora se ha privatizado, feminizado e invisibilizado la responsabilidad de cuidar la vida en un sistema que la ponía al servicio de la acumulación. Queremos fórmulas que colectivicen esa responsabilidad y que la democraticen (la desfeminicen), convirtiéndola en prioridad social.
Para ello, hay dos movimientos estratégicos clave: Primero, ir detrayendo recursos de la lógica de acumulación (recursos de tiempo de vida, financieros, naturales, de espacios…). Para lograr esto tenemos una plétora de herramientas (propuestas de reformas fiscales, de reducción de la jornada y vida laboral, de expropiaciones, de nacionalizaciones…). Segundo: poner esos recursos a funcionar en instituciones socioeconómicas democráticas que funcionen bajo una lógica de reciprocidad e interdependencia. Y la pregunta es cuáles son estas instituciones. Aquí es donde tenemos el debate: ¿hablamos de reformar el estado?, ¿qué dejamos y qué sacamos como responsabilidad de los hogares y cómo los democratizamos?, ¿queremos otras estructuras colectivas distintas?
Desde distintos ámbito se están lanzando propuestas de cambio radical, que plantean empezar sí o sí por hacer una ruptura ética con el mundo tal como lo conocemos, y que aseguran que solo desde ahí (nunca desde las meras discusiones tecnicistas) podemos pensar y luchar por las condiciones para (otras) vidas vivibles. Entre ellas eestán el decrecimiento y el buen vivir o vivir bien (sumak kawsay en kichwa, suma qamaña en aymara). Desde el feminismo lanzamos la metáfora de la cUIdadanía. Si la ciudadanía es la forma de reconocer a los sujetos en sociedades que ponen los mercados capitalistas en el epicentro, (lo cual nos permite como único margen de reivindicación el que deja libre la imposición de la lógica de la rentabilidad capitalista), la cuidadanía se referiría a una nueva forma de reconocernos sujetos sociales que construimos derechos en sociedades que ponen los cuidados y la sostenibilidad de la vida en el centro.
No hay metáforas y miradas críticas mejores que otras, todas ellas son imprescindibles para abrir un debate radicalmente democrático sobre qué es una vida que merece y cómo poner sus condiciones de posibilidad. Para romper el cordel que nos ata al eje mercantil, liberarnos de la fuerza centrípeta de la lógica de acumulación y así poder salirnos por la tangente.
Amaia Orozco

Diciembre de 2011

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